Pasaron los días y Liza volvió a su casa, muy contenta de haber aprendido tanto durante el tiempo que duró su viaje. Ahora cuidaba las plantas, reciclaba, ayudaba a sus amigos y comía muy sano. También había aprendido a cuidar su cuerpo, a expresar sus emociones y a respirar cuando estaba enfadada.
Sin embargo, había algo que la ponía muy triste... Echaba mucho de menos a su mamá. Por las noches, cuando se tumbaba sobre la hierba y miraba las estrellas, abrazaba el lazo rosa que le regaló su mamá, y suspiraba:
- Mamá... Ojalá estuvieras aquí conmigo y vieras todo lo que he aprendido.
Liza sabía que su mamá necesitaba estar lejos por su trabajo y que seguía queriéndola tanto como antes de marchar, pero era inevitable sentir esa emoción. Aún así, recordaba las palabras que siempre le decía:
- Pequeña Liza, aunque no esté a tu lado, mi corazón siempre estará contigo.
Una mañana muy soleada y, como de costumbre, el gallo Perico despertó a Liza con sus cantos. Liza se levantó, colocó el lazo rosa sobre la cabeza y se sentó fuera de casa a desayunar. De repente, se acercó hacia ella una mariposa rosa y brillante que revoloteaba con sus pequeñas alas muy deprisa, hasta posarse sobre su nariz.
- ¡Liza, Liza! ¡Tienes que venir a la plaza del bosque!
- ¿Qué ocurre?
- ¡Hay una sorpresa para ti!
Muy intrigada, Liza fue hasta la plaza y, cuando llegó, vio debajo de un gran árbol a un grupo de animales reunidos y sonriendo. Se acercó, se asomó de puntillas sobre sus patitas y entonces..., la vio.
Entre esa multitud, con su caparazón brillante, su piel verde y unos ojos tan grandes como los suyos, estaba su mamá.
- ¡Mamá! - gritó, mientras corría a abrazarla.
Y se fundieron en un fuerte abrazo.
- ¡Mi pequeña Liza! ¡Cuánto te he echado de menos! ¿Cómo estás? - preguntó.
- ¡Yo también te he echado mucho de menos! ¡Tengo tantas cosas que contarte!
- ¡Y yo tengo una sorpresa para ti!
Un grupo de pájaros se posaron sobre el árbol y empezaron a cantar dulces melodías. Entonces, la mamá de Liza le entregó una caja a nuestra pequeña tortuguita, con una pulsera y una nota que decía: “Me quedo aquí para siempre”.
- ¿De verdad? - preguntó Liza, con los ojos llenos de lágrimas.
- Sí, hija mía, ahora voy a trabajar en el Bosque de los Colores, así que no volveremos a separarnos nunca más.
- ¡Eso es genial!
De pronto, llegaron los amigos de Liza: el pato Willy, la ardilla Rita, la rana Trini y el castor Bruno.
- ¡Hola! - saludaron.
- ¡Hola, chicos! - respondió la mamá de Liza -. Muchas gracias por haber cuidado tanto de Liza este tiempo, sois geniales.
- ¡De nada, para eso están los amigos! - respondieron.
Más tarde, Liza y su mamá regresaron a casa, se tumbaron sobre la hierba y, mientras el sol se escondía y las primeras estrellas aparecían en el cielo, Liza se acurrucó sobre el pecho de su mamá y le dijo:
- Mamá, estos días he aprendido muchas cosas: a ayudar, a construir un puente, a controlar mis emociones, a cuidar de las plantas, a reciclar...
- Estoy muy orgullosa de ti, Liza, te has convertido en una tortuga mayor y valiente.
- Pero lo más importante que he aprendido es que no hay mejor sensación que la de estar con tu familia y con tus amigos.
Su mamá la abrazó muy fuerte y empezó a acariciarle la cabeza, hasta que las dos se quedaron dormidas. Ese día, Liza había aprendido la mejor lección:
“Con amigos y familia al lado,
siempre estarás acompañado”.
