Durante el primer tercio del siglo XX, la cartografía escolar en España alcanzó un lugar privilegiado en la cultura material de la escuela, convirtiéndose en uno de los instrumentos pedagógicos más visibles y simbólicamente cargados dentro del aula. Su presencia no solo respondía a fines didácticos, sino también a una intencionalidad política, nacionalista y modernizadora que acompañaba a las reformas educativas del momento. Así, el protagonismo de la cartografía en la escuela del primer tercio del siglo XX no fue casual ni meramente técnico: fue una expresión pedagógica, política y cultural de una época en que enseñar el espacio era también educar la mirada y construir el imaginario colectivo, pues permitían visualizar el mundo, estructurar el conocimiento espacial y vincularlo a las explicaciones del maestro. También ayudaban a forjar una imagen coherente del territorio nacional, de sus fronteras, recursos y realidades humanas.
Este periodo —especialmente desde la Restauración hasta los años de la Segunda República— fue testigo de una profunda preocupación por la mejora del sistema educativo, la formación del profesorado y la introducción de nuevos métodos didácticos basados en el conocimiento del medio, la observación directa y el uso de recursos visuales. En ese contexto, los mapas escolares desempeñaron un papel central. Ya que no puede entenderse el protagonismo de la cartografía escolar, volvemos a reiterar, sin tener en cuenta su valor simbólico en la construcción de la identidad nacional. Los mapas murales eran una herramienta ideológica para reforzar la imagen de España como unidad geográfica, histórica y cultural. No es casual que muchos de estos mapas destacaran aspectos patrióticos: rutas de los descubrimientos, posesiones coloniales, reinos históricos de la Reconquista o el relieve peninsular como seña de identidad.
La escuela pública nacional se convirtió, así, en un lugar donde se enseñaba a ver y sentir el territorio como una extensión del imaginario nacional. El mapa, colgado junto al retrato del monarca o los símbolos patrios, no solo educaba: narraba una versión del país que debía ser conocida, interiorizada y reproducida.
Desde una mirada de antropología escolar, los mapas no eran solo objetos funcionales, sino también elementos rituales del espacio escolar. Colgados en paredes o enrollados sobre soportes de madera, marcaban el escenario del aula como lugar de saber. Se desplegaban y recogían con solemnidad, y su uso estaba mediado por gestos pedagógicos que reforzaban su carácter central en la clase. En este sentido, no solo eran útiles para enseñar Geografía, sino que se integraban en prácticas de lección oral, memorización o examen. Incluso su deterioro, desgaste o coloración denotan el uso repetido y la importancia que se les atribuía.
Por otro lado, como recurso didáctico moderno, la cartografía comenzó a difundirse masivamente en las aulas gracias a editoriales europeas, como las anteriormente reseñadas, o como complemento a los proyectos enciclopédicos de editoras españolas como Hijos de Espasa, Rodríguez y Cía, Librería Calpe, o José Dalmau Carles, que producían grandes mapas murales —físicos, políticos, históricos y temáticos— adaptados a las enseñanzas de Geografía, Historia y Ciencias Naturales. Estos materiales eran utilizados como herramientas para la enseñanza activa, visual y comprensiva, en contraposición a la memorización abstracta que dominaba los métodos tradicionales. Su evolución cartográfica posterior (en su mayoría debida a la editora de mapas escolares Vicens Vives, de la que poseemos también una importante colección), y su instrumentalización electrónica presente, fruto de la era digital que envuelve la enseñanza, y nuestras vidas, conforman uno de los activos educativos fundamentales del departamento didáctico de Geografía e Historia, de nuestro centro y su comunidad educativa, así como del acervo cultural del Valle del Guadalentín y aledaños, para el que nuestro centro fue referente formativo para decenas y decenas de generaciones de alumnos y futuros profesionales de brillante recorrido, entre los que debemos nombrar al insigne geógrafo D. Horacio Capel Sáez.
Hoy día, estos mapas antiguos constituyen una parte valiosa del patrimonio histórico-educativo del IES J. Ibáñez Martín. Conservan huellas del uso, anotaciones, estilos cartográficos, ideologías del momento y relaciones entre conocimiento, poder y espacio. Su recuperación y estudio desde una perspectiva crítica permite abrir debates sobre cómo se enseñaba el territorio, qué concepciones del mundo se transmitían y cómo se construyó la idea de nación desde la escuela.
Todo un bagaje que no debemos desdeñar, sino que debemos persistir en su conservación e insistir, por todo lo dicho, en su difusión, que es el objeto central que nos ocupa en esta obra. En dicha senda nos estamos adentrando desde que los terribles acontecimientos que sacudieron los cimientos de nuestra institución una infausta tarde del 11 de mayo de 2011, en pleno proceso de rehabilitación, sacasen a la luz el ingente patrimonio escolar que había permanecido oculto en sus más remotos rincones. Paralelamente, el proyecto emprendido por el actual equipo directivo de conmemorar el centenario de nuestra institución para el año 2028, Horizonte 28, que lleva aparejado la recuperación de nuestra memoria material e inmaterial, ha facilitado, en gran medida, el nacimiento y desarrollo de esta obra que tiene como principal objetivo el abrir una pequeña ventana a nuestra comunidad local, regional y, por qué no, nacional, permitiendo visualizar la existencia de estos ricos materiales cartográficos. Ventana que, desde el centro, se pretende agrandar en su misión divulgativa mediante la creación de una exposición permanente con algunos de los mapas históricos mejor conservados en las paredes de nuestro centro. Un total de 9 mapas de distintos ámbitos geográficos, visualizables al inicio del capítulo dedicado a “la cartografía antigua del IES J. Ibáñez Martín”. También, como proyecto para un futuro no muy lejano, en la línea de la vindicación de nuestra cartografía histórica, estaría la construcción de un museo virtual que contenga todos estos materiales, hasta el momento 46. A esta idea ha contribuido, en nuestra calidad de Instituto histórico, la experiencia previa de un “hermano” en longevidad como es el IES Celia Viñas de Almería, que cuenta desde hace años con dicho museo cartográfico digital que tanto nos ha aportado, así como la contribución de la profesora Martínez Alfaro[6] al conocimiento del patrimonio de los Institutos históricos. Y, muy especialmente, las aportaciones Julio Ruiz Berrío[7] y su amplia y pionera visión en el estudio y conservación del patrimonio histórico-educativo, instrumentales para ampliar el estudio, la conservación y divulgación de otros interesantísimos materiales de los fondos antiguos de nuestra institución como el archivo, la biblioteca (con ejemplares que se remontan al s. XVI) o los restos del gabinete/laboratorio de Ciencias Naturales y Física y Química.
Para concluir, retomando el hecho conmemorativo que da nombre a nuestro grupo de trabajo, Horizonte 28, pensamos que, desde el presente de nuestra institución educativa, cada vez más multicultural en un contexto de conocimiento y pensamiento plural, hemos de mirar hacia un futuro que, ojalá, dé sentido a una segunda celebración centenaria. Celebración, cuyo discurso esté sostenido sobre unos sólidos valores democráticos como firmes pilares de nuestra comunidad educativa, y que, resignificando nuestra mirada al pasado, nos permita postular clara y libremente una tercera refundación del instituto, teniendo siempre presentes nuestros orígenes. Orígenes en los que emerge con fuerza el insigne catedrático lorquino Francisco Cánovas Cobeño, intelectual y padre fundador de nuestra institución, bajo la estela del pensamiento krausista español que alimentaría también a Francisco Giner de los Ríos, visionario creador de la Institución Libre de Enseñanza, cuya labor, través de la educación, tanta luz dio a la cultura y al pensamiento de nuestro solar patrio. Quizás sea el momento de que José Ibáñez Martín, símbolo de la visión única que laceraba con crueldad cualquier desvío del discurso monolítico del régimen, junto con su mácula, se hagan a un lado.
